A veces pienso: con qué facilidad se malinterpretan las declaraciones de libertad de les no varones cis (etcétera), con qué impunidad se juzgan, con qué soltura creen que habilitan el ingreso a una casilla. Todas esas casillas son posturas ajenas con respecto a quienes recuerdan, en sus actitudes y en sus palabras, cuál es el verdadero significado de "derechos".
Gozar de derechos que lógicamente me corresponden, pero que estoy segura de que otres no gozan me incomoda y, por el contrario, luchar o saber que hay gente que lucha para modificar esa situación contribuye tanto en el aspecto individual como en el social de mi propia realización. Por supuesto, hay quienes, en cambio, ven un peligro en el hecho de que se devuelva a los derechos su sentido pleno.
¿Por qué? Tal vez, opera alguna noción de pertenencia al grupo "privilegiado". Si todes gozamos de los derechos que debemos, entonces, no hay exclusividad, no hay privilegio, no hay grupo de pertenencia. Ser "uno más", "una más" no gusta a las personas que probablemente basen su valor en saberse por encima de otres o en creer que ocupan un lugar anhelado e imposible para otres.
Que, de pronto, esa certeza de imposibilidad sea cuestionada y reconsiderada no es gracioso y causa bastante angustia. Una angustia egoísta, por supuesto. Una angustia golpista, podría decir. Una angustia hasta terrorista porque después será encarnada en actitudes y gestos de odio, repudio, persecución y violencia contra quienes desdibujaron los límites de esa imposibilidad.
A veces pienso: claro, ¿cómo no va a parecerles terrible que cualquier identidad que haya sido oprimida tenga acceso a la educación y al trabajo, como derechos generales, o a la expresión libre de sus deseos, como derechos más íntimos? ¿Cómo no? ¿Cómo no, si justamente es la evidencia de que no era imposible llegar a ese "lugar anhelado"?
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