La misma claridad, a mi entender, sucede en el plano social. Pero estamos todavía en un momento en el que lamentablemente se sigue creyendo que somos nosotras y nosotres quienes debemos ceder nuestras libertades por el consabido bien común. Y ese discurso no proviene solamente de quienes oprimen, sino que se hace eco entre quienes también están siendo vulneradas y vulnerades.
Salir a la calle es una práctica riesgosa. Tener un encuentro casual de índole sexual con alguien es una práctica riesgosa. Intercambiar fotos íntimas es una práctica riesgosa. ¿Y saben qué? Yo estoy cansada de privarme. Hay deseos que no tengo, pero que tienen otras y otres y que no pueden cumplir. ¿Por qué? Porque se exponen. Es más: se dan el lujo de exponerse. Y, si el asunto además sale bien, se encuentran con que sus amigas y amigues les dicen: ¡Te diste el lujo de exponerte! Lo dicen y sin darse cuenta deslizan unas ideas muy peligrosas como: cuando haciendo uso de tus derechos y de tus libertades la hayas pasado realmente mal, vas a aprender la lección.
Sí. Yo trabajo con la realidad. Pero luchar para que esa realidad hostil no se mantenga exige que de verdad rompamos con esa lógica. La mala experiencia del miedo antes de tomar cualquier decisión es suficiente. No tendría que existir y, si existe, tendría que ser la única. Uso mis derechos y mis libertades, no me expongo. El riesgo está, pero hacer sentir que la responsabilidad es mía y de ellas y de elles no lo anula, lo perpetúa.
Tanto la opresión como la inconsciente alianza que pacta con sus propias oprimidas y sus propies oprimides se erigen a mi alrededor como una cadena perpetua. Porque tengo miedo, todos los días tengo miedo, cualquier decisión que tome libremente me causa miedo. Pero a ese miedo le doy un respiro como puedo. No les pido que le den el mismo respiro ni que dejen de cuidarse. Simplemente mediten sobre cuán funcionales son a un sistema que no queremos que llegue a una instancia irreversible.