Mucho palabrerío

Cada dos semanas llego. Leamos juntes, digo. Me gusta leer con elles. La lectura colectiva es mucho más interesante que la lectura a solas. Él hace algo desubicado y yo le pregunto si se quiere ir. Me responde que no. Es mentira, pero no se va. Me frustro. Seguimos leyendo. No sé si saben que estamos degustando párrafos rebeldes. Tupí or not tupí, expresa un manifiesto y condensa mi ideología favorita. Es divertido, creo que se nota que me divierto escuchando o leyendo en voz alta. Terminamos de leer. Estoy delante de habitaciones que lucen los mismos uniformes. ¿Y quiénes habitan? Las ideas. Pero cuando pregunto por esas ideas, se esconden, no quieren salir, se intimidan. Me frustro. Mucho palabrerío, como siempre, declara alguien. Uf, la humanidad es simbólica y, sobre todo, lingüística. No podemos huirles a las palabras. Mucho palabrerío es el resumen de la experiencia humana, pero vociferarlo con desdén no es rebelde ni mordaz. La rebeldía contra alguien que no te oprime es infértil. Me sigo frustrando. Hace poco escribía que ya no se emiten versos vanos. El mundo es otra habitación, pero con las puertas mal puestas y con las ventanas rotas. En un contexto así, emitir un solo verso o mucho palabrerío nos permite hacer ficción. ¡Y cómo necesitamos la ficción! Yo la necesito, por eso vengo acá y hago invitaciones constantes a la lectura (de textos, de personas, de acontecimientos, de interacciones) y la manifestación. No sé si elles saben que, pasado el umbral, pocas veces alguien que tenga más "poder" va a pensar y a decirles que sus voces son valiosas y que quiere escucharlas. Ojalá sepan. Ojalá no se frustren.

No hacemos poesía a solas

 La poesía no se gobierna y no se frustra. Es catadora de belleza, sí, y la belleza puede ser una ideología utópica que nos transporte a un mundo más justo o puede ser una escena de amor donde el universo conocido va desgarrándose poco a poco porque es más importante estar juntos que la vida útil de la materia. La poesía, como todas las artes, es registro de la experiencia humana. Observa y pone en palabras la estupidez, los recuerdos, la indignación, los temores, los humores, los amores, las otredades. En fin: da medios a los miedos y a las seguridades también.

La poesía es una actitud frente a todo. Un poema de amor no está menos comprometido en su ideario por significar una pausa que contempla el diálogo más cotidiano de la humanidad. Un poema partidario no está más comprometido en su ideario por significar una invitación a pensar fuera de la caja. La caja de los mandatos. La poesía debe escaparles a esos mandatos, en estética, en contenido, en fundamento. A estas alturas no se producen versos irrelevantes. Dejar impresa una mirada personal y social en una estrofa o en dos párrafos es importante siempre.

La poesía hace y deshace, rehace y persiste. Si no coexiste con todes, si no tiene intenciones de exceder a les poetas, entonces no tiene sentido. Lo que da al poema su trascendencia es su poder de abolir la soledad del sufrimiento o de la felicidad o de cada retazo de experiencia humana que vamos desperdigando y recolectando en el accidente que es la existencia. La poesía es pan para compartir, pero también es mesa y es comensales. Incluso cuando se gesta en la solitaria habitación que surge debajo de una sábana, se está gestando en comunidad, una comunidad implícita e ineludible. No hay poesía a solas.

Fuera de

Quiero existir fuera de mi cuerpo.
Total, lo saco a pasear poco
en horarios "seguros"
en calles conocidas y pobladas.
Total, lo escondo mucho
lo disfrazo de ausencias
lo coloreo de invisible.
Quiero existir fuera de mi cuerpo.
Salir a trabajar o divertirme
y que nadie me siga o me mire
o me grite su lujuria.
Salir a caminar por la calle
y que no me palpite en el pecho
el temor a algo más.
Quiero existir fuera de mi cuerpo.
No es libre si pienso cien veces
cuánto se nota debajo de la ropa
cuando sé muy bien que eso da igual.
No es pleno si planeo cien veces
qué llevar en los bolsillos
para defenderme de un ataque.
Quiero existir fuera de mi miedo.