Les docentes constituimos un gremio, un grupo, un equipo.
Personal docente. Cuerpo docente. Les profes. Somos un colectivo, en
definitiva. Y eso es hermoso. Siempre es hermoso que una palabra que te nombre
te haga pertenecer.
Sin negar esa hermosura, no puedo pasar por alto que muchas
veces pensarnos en bloque atenta contra la percepción singular de cada une. Yo
soy una profe más, pero también soy Alejandra y hago, digo y pienso cosas solo
aplicables a Alejandra.
En esa singularidad están las situaciones más fundamentales
de la vida: los vínculos. Porque sí, lo académico forma parte de una
experiencia más o menos privilegiada en el mundo, pero los vínculos interpersonales
son ineludibles.
Está bien. Nadie puede enseñar a tener mejores o peores
vínculos. Las relaciones son sumamente singulares. Ninguna persona tiene la
misma interacción con más de une otre. Pero hablando de los propios vínculos
podemos ejemplificar.
¿Por qué, no tomarse un ratito entre Pizarnik y Hernández
para narrar anécdotas en primera persona que muestren cómo nos relacionamos,
qué aprendimos de esas relaciones y qué nos parece más agradable o desagradable
para que les estudiantes se hagan la pregunta?
¿Por qué, no sentarse un poco y declarar que soy Alejandra,
que me quisieron mal, que quise mal y que puedo volver a intentar para tener
romances y amistades mejores? ¿Por qué, no dejarse mirar por les estudiantes en
circunstancias que sí o sí les atraviesan?
Leer diez minutos menos, pero expresarse, expresar la propia
interioridad, la vivencia más humana y más personal, reconocerse ante esas
miradas como una sujeta y proponer la revisión de relaciones interhumanas a
partir de une es valioso.
No es evaluable. Pero es valioso, sustancioso. No lo digo
desde el adultocentrismo donde mi experiencia puede servir a les demás. Lo digo
desde una postura humilde donde vamos descifrando juntes, gentes nuevas y
gentes no tan nuevas, qué nos hace mejor al compartir.