Amarga obrera
14 bis
Peor
Cristina
Gorda de mierda
Aunque no nos organicemos, nos vinculamos todes
Les docentes constituimos un gremio, un grupo, un equipo.
Personal docente. Cuerpo docente. Les profes. Somos un colectivo, en
definitiva. Y eso es hermoso. Siempre es hermoso que una palabra que te nombre
te haga pertenecer.
Sin negar esa hermosura, no puedo pasar por alto que muchas
veces pensarnos en bloque atenta contra la percepción singular de cada une. Yo
soy una profe más, pero también soy Alejandra y hago, digo y pienso cosas solo
aplicables a Alejandra.
En esa singularidad están las situaciones más fundamentales
de la vida: los vínculos. Porque sí, lo académico forma parte de una
experiencia más o menos privilegiada en el mundo, pero los vínculos interpersonales
son ineludibles.
Está bien. Nadie puede enseñar a tener mejores o peores
vínculos. Las relaciones son sumamente singulares. Ninguna persona tiene la
misma interacción con más de une otre. Pero hablando de los propios vínculos
podemos ejemplificar.
¿Por qué, no tomarse un ratito entre Pizarnik y Hernández
para narrar anécdotas en primera persona que muestren cómo nos relacionamos,
qué aprendimos de esas relaciones y qué nos parece más agradable o desagradable
para que les estudiantes se hagan la pregunta?
¿Por qué, no sentarse un poco y declarar que soy Alejandra,
que me quisieron mal, que quise mal y que puedo volver a intentar para tener
romances y amistades mejores? ¿Por qué, no dejarse mirar por les estudiantes en
circunstancias que sí o sí les atraviesan?
Leer diez minutos menos, pero expresarse, expresar la propia
interioridad, la vivencia más humana y más personal, reconocerse ante esas
miradas como una sujeta y proponer la revisión de relaciones interhumanas a
partir de une es valioso.
No es evaluable. Pero es valioso, sustancioso. No lo digo
desde el adultocentrismo donde mi experiencia puede servir a les demás. Lo digo
desde una postura humilde donde vamos descifrando juntes, gentes nuevas y
gentes no tan nuevas, qué nos hace mejor al compartir.
Tengo ojos que cumplieron 25 años
Ruido
Mucho palabrerío
No hacemos poesía a solas
La poesía no se gobierna y no se frustra. Es catadora de belleza, sí, y la belleza puede ser una ideología utópica que nos transporte a un mundo más justo o puede ser una escena de amor donde el universo conocido va desgarrándose poco a poco porque es más importante estar juntos que la vida útil de la materia. La poesía, como todas las artes, es registro de la experiencia humana. Observa y pone en palabras la estupidez, los recuerdos, la indignación, los temores, los humores, los amores, las otredades. En fin: da medios a los miedos y a las seguridades también.
La poesía es una actitud frente a todo. Un poema de amor no está menos comprometido en su ideario por significar una pausa que contempla el diálogo más cotidiano de la humanidad. Un poema partidario no está más comprometido en su ideario por significar una invitación a pensar fuera de la caja. La caja de los mandatos. La poesía debe escaparles a esos mandatos, en estética, en contenido, en fundamento. A estas alturas no se producen versos irrelevantes. Dejar impresa una mirada personal y social en una estrofa o en dos párrafos es importante siempre.
La poesía hace y deshace, rehace y persiste. Si no coexiste con todes, si no tiene intenciones de exceder a les poetas, entonces no tiene sentido. Lo que da al poema su trascendencia es su poder de abolir la soledad del sufrimiento o de la felicidad o de cada retazo de experiencia humana que vamos desperdigando y recolectando en el accidente que es la existencia. La poesía es pan para compartir, pero también es mesa y es comensales. Incluso cuando se gesta en la solitaria habitación que surge debajo de una sábana, se está gestando en comunidad, una comunidad implícita e ineludible. No hay poesía a solas.