14 bis

En el año dos mil veinticinco
todavía cabía preguntarme:
¿cuántos besos crearíamos
en ocho horas y dos viajes?

Contribuyente

Al menos cada mes
pago una factura
que dice tu nombre.

Peor

Amo peor, si mañana
me levanto a las seis.

Amo peor, si mañana
mi último turno finaliza
pasadas las veintitrés.

Soñaría más con vos,
pero la alarma es inexorable:
a tu voz onírica la reemplaza
una pesadilla rítmica.

Cristina

Se supone que un sustantivo propio nombra particularmente. Los nombres distinguen, hacen únicxs a quienes nombran, dan inicio a la identidad. Por eso los sustantivos propios son también concretos. Sin embargo, hoy ese nombre es una existencia abstracta que nos convoca, nos reúne y nos organiza. La nombran a ella y me nombran a mí, que me amalgamo a lo que es más grande que yo para estar a la altura de este país.

Gorda de mierda

Siempre les tuve miedo a esas palabras: gorda de mierda. Sí, todes dicen que las palabras no son tan importantes, pero se autoengañan porque escuchar algunas hace que sientas que existís y escuchar otras te parte al medio de angustia y te da ganas de ser invisible. Gordademierda, en particular, me daba pánico.
Crecer a lo ancho y no a lo largo, ganar grasa y carne a los once años son situaciones que generaron muchos comentarios ajenos. Comentarios despectivos, por supuesto. Estamos en sociedades que endiosan la delgadez con curvas sexualizables. De verdad, quería ser invisible para que no me anden pesando.
No me dijeron gordademierda, pero lo pensaron, estoy segura. Deben pensarlo todavía porque me animo a marcar o directamente mostrar mi cintura sin tener un peso y una forma estrictamente hegemónicas. No me dijeron gordademierda, pero me rechazaron por gorda y me sugirieron cuidarme con las comidas.
¿Cómo les digo a otres que no les afecte un gordademierda, si yo misma le tenía tanto temor? ¿Cómo les digo a otres que no les afecte, si lloraba porque quería que mi cuerpo gordo fuera una mentira o una verdad pasajera? ¿Cómo les digo a otres que no les afecte, si lo dicen para lastimar?
Estoy cansada de la gordofobia. Estoy harta de que gorda sea un adjetivo insultante y peyorativo. Estoy indignada de que en trece años no haya cambiado nada y castiguen a alguien con un gordademierda por sentirse bien y sacarse fotos con poca ropa o presumiendo su propio cuerpo.
Me da muchas ganas de llorar ver mis cicatrices desperdigadas en las experiencias de gente que es más joven que yo porque lleva muchísimo trabajo amigarse con una misma cuando una no es delgada o canónica. Sobre todo, lloro de impotencia porque no puedo amigar a nadie consigo misme.

Aunque no nos organicemos, nos vinculamos todes

Les docentes constituimos un gremio, un grupo, un equipo. Personal docente. Cuerpo docente. Les profes. Somos un colectivo, en definitiva. Y eso es hermoso. Siempre es hermoso que una palabra que te nombre te haga pertenecer.

Sin negar esa hermosura, no puedo pasar por alto que muchas veces pensarnos en bloque atenta contra la percepción singular de cada une. Yo soy una profe más, pero también soy Alejandra y hago, digo y pienso cosas solo aplicables a Alejandra.

En esa singularidad están las situaciones más fundamentales de la vida: los vínculos. Porque sí, lo académico forma parte de una experiencia más o menos privilegiada en el mundo, pero los vínculos interpersonales son ineludibles.

Está bien. Nadie puede enseñar a tener mejores o peores vínculos. Las relaciones son sumamente singulares. Ninguna persona tiene la misma interacción con más de une otre. Pero hablando de los propios vínculos podemos ejemplificar.

¿Por qué, no tomarse un ratito entre Pizarnik y Hernández para narrar anécdotas en primera persona que muestren cómo nos relacionamos, qué aprendimos de esas relaciones y qué nos parece más agradable o desagradable para que les estudiantes se hagan la pregunta?

¿Por qué, no sentarse un poco y declarar que soy Alejandra, que me quisieron mal, que quise mal y que puedo volver a intentar para tener romances y amistades mejores? ¿Por qué, no dejarse mirar por les estudiantes en circunstancias que sí o sí les atraviesan?

Leer diez minutos menos, pero expresarse, expresar la propia interioridad, la vivencia más humana y más personal, reconocerse ante esas miradas como una sujeta y proponer la revisión de relaciones interhumanas a partir de une es valioso.

No es evaluable. Pero es valioso, sustancioso. No lo digo desde el adultocentrismo donde mi experiencia puede servir a les demás. Lo digo desde una postura humilde donde vamos descifrando juntes, gentes nuevas y gentes no tan nuevas, qué nos hace mejor al compartir.

Tengo ojos que cumplieron 25 años

Escribo en 2021 sobre sociedades que no dialogaban en castellano. Y escribo en castellano. Peor, en castellano rioplatense. Escribo en 2021 y en castellano rioplatense, imaginando que mi socio-ideo-dialecto va a darles sustantivos y verbos a los acontecimientos que precedieron a mi cercano nacimiento. Escribo en 2021 sobre sociedades que dialogaban en castellano antiguo. Escribo en 2021 y en mi socio-ideo-dialecto, con palabras igual de inventadas que las de antes. Y sí: mi visión del mundo es sensible. Así que escribo en lenguaje no binario sobre gente que todavía no subsanaba esa deuda porque ni siquiera había un nosotres definido como para darles entidad reconociente a les otres y, mejor, incoporarles al relato. Escribo desde mi visión para hacerle más preguntas a la historia, para hacerles más preguntas a les lectores y finalmente para hacerme más preguntas a mí. Y que no se agote toda la curiosidad en el umbral de qué y quiénes eran nombrades o no y cuánto respeto hay que tenerle a que nadie abriera esa puerta aún.

Ruido

Para sentarme a escribir, tengo que acostarme a leer o pararme a vivir. Lo que me haga más ruido, digamos. A diferencia del haiku, mi poesía proviene del ruido, de la contemplación del ruido. Me hace ruido, por ejemplo, la injusticia de que desaparezcamos siempre les mismes. Me hacen ruido las violencias disfrazadas de piropos. Aunque me haga la sorda, me hacen ruido los mandatos -cómo me gustaría el ruido de las cadenas rompiéndose en eslabones impotentes-. Y, por suerte, también me hace ruido un amor que me altera a mí y me da la sensación de que está alterando los tejidos intraterrestres.
El ruido no es invención y yo soy una caja de resonancia. No me deja intacta. Después del ruido, no escucho igual. Después del ruido, no lloro igual. Después del ruido, no sangro igual. La poesía de los sonidos, de la sangre y de las lágrimas me pertenece más que otras. Me doy permiso de escupir un poema inerte que no distinga a la Alejandra de las 18:06 -la que se sienta delante del teclado- de la Alejandra de las 18:33 -la que acaba de soltar el último verso-. Pero me ruego que sea excepción.
La regla a la que no le escapo es la que me convence para existir y, por ende, para eyectarme artísticamente de mí. La regla, entonces, solicita que haya un abandono. El primer verso es el umbral. La última sílaba es la salida. Adentro, un maremoto. Si no salgo trastocada y con almita de sobreviviente, ¿para qué salir? Yo te digo que prefiero no salir. No, me equivoco. Prefiero no haber entrado. Los maremotos hacen ruido. Mis poemas tienen que hacerme ruido a mí. Me gusta pensar que, cuando los estoy concibiendo, no puedo ignorar ese ruido y dejo de saber sobre algún otro ruido más. Y, cuanto más silencio aparento, más ruido estoy haciendo en mi renglón favorito. Así subsisto.

Mucho palabrerío

Cada dos semanas llego. Leamos juntes, digo. Me gusta leer con elles. La lectura colectiva es mucho más interesante que la lectura a solas. Él hace algo desubicado y yo le pregunto si se quiere ir. Me responde que no. Es mentira, pero no se va. Me frustro. Seguimos leyendo. No sé si saben que estamos degustando párrafos rebeldes. Tupí or not tupí, expresa un manifiesto y condensa mi ideología favorita. Es divertido, creo que se nota que me divierto escuchando o leyendo en voz alta. Terminamos de leer. Estoy delante de habitaciones que lucen los mismos uniformes. ¿Y quiénes habitan? Las ideas. Pero cuando pregunto por esas ideas, se esconden, no quieren salir, se intimidan. Me frustro. Mucho palabrerío, como siempre, declara alguien. Uf, la humanidad es simbólica y, sobre todo, lingüística. No podemos huirles a las palabras. Mucho palabrerío es el resumen de la experiencia humana, pero vociferarlo con desdén no es rebelde ni mordaz. La rebeldía contra alguien que no te oprime es infértil. Me sigo frustrando. Hace poco escribía que ya no se emiten versos vanos. El mundo es otra habitación, pero con las puertas mal puestas y con las ventanas rotas. En un contexto así, emitir un solo verso o mucho palabrerío nos permite hacer ficción. ¡Y cómo necesitamos la ficción! Yo la necesito, por eso vengo acá y hago invitaciones constantes a la lectura (de textos, de personas, de acontecimientos, de interacciones) y la manifestación. No sé si elles saben que, pasado el umbral, pocas veces alguien que tenga más "poder" va a pensar y a decirles que sus voces son valiosas y que quiere escucharlas. Ojalá sepan. Ojalá no se frustren.

No hacemos poesía a solas

 La poesía no se gobierna y no se frustra. Es catadora de belleza, sí, y la belleza puede ser una ideología utópica que nos transporte a un mundo más justo o puede ser una escena de amor donde el universo conocido va desgarrándose poco a poco porque es más importante estar juntos que la vida útil de la materia. La poesía, como todas las artes, es registro de la experiencia humana. Observa y pone en palabras la estupidez, los recuerdos, la indignación, los temores, los humores, los amores, las otredades. En fin: da medios a los miedos y a las seguridades también.

La poesía es una actitud frente a todo. Un poema de amor no está menos comprometido en su ideario por significar una pausa que contempla el diálogo más cotidiano de la humanidad. Un poema partidario no está más comprometido en su ideario por significar una invitación a pensar fuera de la caja. La caja de los mandatos. La poesía debe escaparles a esos mandatos, en estética, en contenido, en fundamento. A estas alturas no se producen versos irrelevantes. Dejar impresa una mirada personal y social en una estrofa o en dos párrafos es importante siempre.

La poesía hace y deshace, rehace y persiste. Si no coexiste con todes, si no tiene intenciones de exceder a les poetas, entonces no tiene sentido. Lo que da al poema su trascendencia es su poder de abolir la soledad del sufrimiento o de la felicidad o de cada retazo de experiencia humana que vamos desperdigando y recolectando en el accidente que es la existencia. La poesía es pan para compartir, pero también es mesa y es comensales. Incluso cuando se gesta en la solitaria habitación que surge debajo de una sábana, se está gestando en comunidad, una comunidad implícita e ineludible. No hay poesía a solas.

Fuera de

Quiero existir fuera de mi cuerpo.
Total, lo saco a pasear poco
en horarios "seguros"
en calles conocidas y pobladas.
Total, lo escondo mucho
lo disfrazo de ausencias
lo coloreo de invisible.
Quiero existir fuera de mi cuerpo.
Salir a trabajar o divertirme
y que nadie me siga o me mire
o me grite su lujuria.
Salir a caminar por la calle
y que no me palpite en el pecho
el temor a algo más.
Quiero existir fuera de mi cuerpo.
No es libre si pienso cien veces
cuánto se nota debajo de la ropa
cuando sé muy bien que eso da igual.
No es pleno si planeo cien veces
qué llevar en los bolsillos
para defenderme de un ataque.
Quiero existir fuera de mi miedo.

#NotAllDemonios

Cuando salió la segunda temporada de "Yakusoku no Neverland", me puse a leer el manga. ¿Y saben qué? Estoy triste y aterrorizada por el nivel de identificación con los sentimientos de les protagonistas.
Sabemos que Emma y Norman tienen una vida feliz hasta que descubren el secreto de la casa: son ganado humano destinado a la alimentación de demonios. Una vez que conocen su destino, esa vida feliz deviene en mera supervivencia.
Prometo que así se percibe mi propia vida: una supervivencia. Yo sé que una parte de ustedes me va a tildar de paranoica y exagerada por la comparación, pero... Sigan leyendo y habiten por un momento mis zapatos, zapatos de mujer de 24 años.
Una vez que conocemos noticias de que une niñe fue abusade, una mujer fue asesinada, una chica fue violada, nos damos cuenta de que la realidad es amenazante.
Cuando Emma y sus compas escapan de la "granja", se encuentran con un mundo hostil, habitado por demonios que los quieren comer. Solamente obtienen algo de paz cuando se hacen de algún refugio, lejos de los pueblos donde residen les come-hombres.
En mi caso, salgo a una calle que, en el mejor de los escenarios, en ciertos horarios y zonas es sumamente peligrosa. Y tengo el privilegio de que mi casa sea un refugio seguro donde puedo relajarme. Y de todos modos está la opción de que tiren abajo la puerta e irrumpan en mi burbuja.
Así es... Tanto Emma y sus compas como yo nos movemos en tensión constante. Hay que estar alerta, hay que desconfiar de todo, hay que tomar precauciones, hay que prever los peores escenarios posibles. Suena demencial y lo es. En su contexto y en el mío, no está permitido bajar la guardia.
Todo el tiempo que pasamos "afuera", entendemos que alguien acecha. Y, detrás de esa amenaza latente, hay un sistema que la posibilita, la permite y la aprueba.
Emma y sus compas salen con armas y con entrenamiento a cuestas. Planifican sus salidas y reducen tanto como pueden los riesgos o las exposiciones.
También yo. Contra mi voluntad, pienso dos veces cada instancia: qué llevo, qué no llevo, qué me pongo, qué no me pongo, las llaves tienen que estar a mano, es mejor portar el "perfumito", los paraguas son aliados aunque no llueva. Y sé que son paliativos, que esas precauciones no tienen sentido, que no tendría que aceptar esa posición. Me enoja mucho.
Cuando Emma y sus compas se reúnen con Yuugo, él les da una advertencia: que no les avisten les come-hombres; si les ven, están acabades. Y sí, yo también tomo decisiones que me hagan menos visible.
¿Cómo puedo tener el inconsolable registro de que experimento las mismas sensaciones que las jóvenes víctimas de una distopía totalmente fantasiosa? ¿Cómo puede ser, escribiendo en febrero de 2021?
¿Sabés qué más pasa? Hay demonios que no comen humanes. Son detractores del sistema. ¡Y se esfuerzan por ganarse la confianza de elles, por demostrarles que son diferentes! Es decir, hacen algo no solo para modificar su imagen y la percepción de ella, sino además la realidad. No se sientan cómodamente a tipear #NotAllDemonios.