El ruido no es invención y yo soy una caja de resonancia. No me deja intacta. Después del ruido, no escucho igual. Después del ruido, no lloro igual. Después del ruido, no sangro igual. La poesía de los sonidos, de la sangre y de las lágrimas me pertenece más que otras. Me doy permiso de escupir un poema inerte que no distinga a la Alejandra de las 18:06 -la que se sienta delante del teclado- de la Alejandra de las 18:33 -la que acaba de soltar el último verso-. Pero me ruego que sea excepción.
La regla a la que no le escapo es la que me convence para existir y, por ende, para eyectarme artísticamente de mí. La regla, entonces, solicita que haya un abandono. El primer verso es el umbral. La última sílaba es la salida. Adentro, un maremoto. Si no salgo trastocada y con almita de sobreviviente, ¿para qué salir? Yo te digo que prefiero no salir. No, me equivoco. Prefiero no haber entrado. Los maremotos hacen ruido. Mis poemas tienen que hacerme ruido a mí. Me gusta pensar que, cuando los estoy concibiendo, no puedo ignorar ese ruido y dejo de saber sobre algún otro ruido más. Y, cuanto más silencio aparento, más ruido estoy haciendo en mi renglón favorito. Así subsisto.