Usar mal

Nos proponen usar mal...

Usar mal el cuerpo.

Entendemos que es una vidriera. ¿De qué? Ni siquiera, de nuestros deseos, pensamientos, sentimientos e interioridad. ¿De qué, entonces? Entendemos que es una vidriera de deseos ajenos, de pensamientos nocivos, de sentimientos de odio hacia él y de una gran exterioridad resumida en cánones y exigencias imposibles. Lo imposible mantiene alerta la disconformidad.

En cambio despreciamos sus funciones. Mejor dicho, automatizamos la percepción de su existencia. Deja de tener relevancia. Y sin embargo es justamente cuando todo funciona bien que tenemos tiempo de preocuparnos por si, además, luce atractivo o no. No es algo que pueda juzgarse, es algo lógico dentro de los parámetros que se nos imponen en silencio.

Usar mal la vista.

Entendemos que debe gustarnos solo lo que nos complace a nivel visual. Miramos y nos miran. Juzgamos desde los ojos y nos juzgan desde los ojos. No nos complacen aspectos o situaciones azarosas. Invisiblemente nos dicen qué gusto está más aceptado. Soltar esa cadena es difícil. Primero, hay que negarse. Luego, resistirse. Después, creer en una autonomía que no hay. Y finalmente darse cuenta y gritar basta.

En cambio no le damos la oportunidad de contemplar pacientemente cada apariencia, cada objeto, cada instancia. Incluso, aquellas cosas o formas que no nos gustan. La vista nos devuelve un montón de informaciones y a la vez es emitida desde otro montón de informaciones. Esos datos se retroalimentan. Mirar despacio nos ayudaría además a cuestionar en qué momento me dejó de gustar o por qué nunca me gustó y por qué en realidad no tiene sentido que no me guste.

Usar mal tiene sentido.

No para mí, no para vos.

Para elles, para esa billetera callada y transparente que se beneficia con todas las miserias.

Nos proponen la miseria de usar mal. Y van ganando.

Habitante

Soy habitante de un cuerpo desobediente. Me dicen: No andes sola, ponete más ropa, tené cuidado. Las miradas podridas y sumisas me acusan de que me expongo. Soy habitante del vértigo que da saber que mi libertad termina donde empieza la perversidad del otro. Sí, del otro. No de las otras o de les otres.
Soy habitante de un estereotipo sexualizado. Me dicen: Es normal que llames la atención. Las voces podridas y sumisas me acusan de que llamo la atención. Soy habitante de la paradoja que provoca tener que optar entre mi libertad y mi vida. El otro amenaza mi integridad. Su conducta todavía aparenta normalidad ante un sistema cómplice.
Soy habitante de un hartazgo rabioso. Me dicen: No es para tanto, deberías sentirte halagada, ahora todo es violencia y acoso. Las alianzas podridas y sumisas me acusan de que me cansé demasiado rápido. Soy habitante de un cansacio colectivo que no quiere volver a callarse. El otro abusa de los silencios. Quien insiste normalizando otorga.
Soy habitante de mí y quiero ser una habitante más de las calles. Calles donde por fin el otro se calle ante mi presencia peregrina. Calles donde por fin la podredumbre y la sumisión también se callen. Calles donde no me calle yo.