No hacemos poesía a solas

 La poesía no se gobierna y no se frustra. Es catadora de belleza, sí, y la belleza puede ser una ideología utópica que nos transporte a un mundo más justo o puede ser una escena de amor donde el universo conocido va desgarrándose poco a poco porque es más importante estar juntos que la vida útil de la materia. La poesía, como todas las artes, es registro de la experiencia humana. Observa y pone en palabras la estupidez, los recuerdos, la indignación, los temores, los humores, los amores, las otredades. En fin: da medios a los miedos y a las seguridades también.

La poesía es una actitud frente a todo. Un poema de amor no está menos comprometido en su ideario por significar una pausa que contempla el diálogo más cotidiano de la humanidad. Un poema partidario no está más comprometido en su ideario por significar una invitación a pensar fuera de la caja. La caja de los mandatos. La poesía debe escaparles a esos mandatos, en estética, en contenido, en fundamento. A estas alturas no se producen versos irrelevantes. Dejar impresa una mirada personal y social en una estrofa o en dos párrafos es importante siempre.

La poesía hace y deshace, rehace y persiste. Si no coexiste con todes, si no tiene intenciones de exceder a les poetas, entonces no tiene sentido. Lo que da al poema su trascendencia es su poder de abolir la soledad del sufrimiento o de la felicidad o de cada retazo de experiencia humana que vamos desperdigando y recolectando en el accidente que es la existencia. La poesía es pan para compartir, pero también es mesa y es comensales. Incluso cuando se gesta en la solitaria habitación que surge debajo de una sábana, se está gestando en comunidad, una comunidad implícita e ineludible. No hay poesía a solas.

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